Tiene la noche una raíz

Esta página esta creada para llevar a cabo un breve análisis del cuento "La noche tiene una raíz" del autor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. El mismo se llevará a cabo el 26 de abril de 2006 como clase demostrativa para el curso de EDPE-4235, de la profesora Brenda Rivera.

25 abril, 2006

Bienvenidos a la página cibernética http://http.tienelanocheunaraiz.blogspot.com/.
En la misma encontrarás las actividades que se llevarán a cabo en la discusión de la clase demostrativa del cuento Tiene la noche una raíz.

"Buenas Tardes"

Asignación

Usando tu imaginación recrea a través de un dibujo el evento que más te impactó y explícalo.

24 abril, 2006

Instrucciones:

Luego de haber leído y discutido el cuento: "Tiene la noche una raíz" escoge un personaje y descrí
belo sin utilizar las características mencionadas por el autor y explica por que le otorgas dichas características.

Instrucciones:

Según tu criterio prepara una lista de las características que tiene una mujer religiosa y otra lista de las características que tiene una mujer prostituta.

Análisis del cuento:


Instrucciones: Luego de haber leído cuidadosamente el cuento "Tiene la noche una raíz" contesta y comenta brevemente los elementos del cuento según discutido anteriormente en clase.
  • Asunto:
  • Tema central:
  • Personajes:
  • Acción:
  • Conflicto:
  • Contenido:
  • Ambiente:
  • Tiempo:
  • Atmósfera:
  • Punto de vista del autor:
  • Tono:
  • Símbolo:
  • Título:
  • Valoración Personal:

Tiene la noche una raíz
Publicado en el libro de cuentos En cuerpo de camisa (1966).

A Mariano Feliciano
A las siete el dindón. Las tres beatísimas, con unos cuantos pecados a cuestas, marcharon a la iglesia a rezon­gar el ave nocturnal. Iban de prisita, todavía el séptimo dindón agobiando, con la sana esperanza de acabar de prisi­ta el rosario para regresar al beaterio y echar, ¡ya libres de pecados!, el ojo por las rendijas y saber quién alquilaba esa noche el colchón de la Gurdelia. ¡La Gurdelia Grifitos nombrada! ¡La vergüenza de los vergonzosos, el pecado del pueblo todo!
Gurdelia Grifitos, el escote y el ombligo de manos, al oír el séptimo dindón, se paró detrás del antepecho con lindo abanico de nácar, tris-tras-tris-tras, y empezó a anunciar la mercancía. En el pueblo el negocio era breve. Uno que otro majadero cosechando los treinta, algún viejo verdérri­mo o un tipitejo quinceañero debutante. Total, ocho o diez pesos por semana que, sacando los tres del cuarto, los dos de la fiambrera y los dos para polvos, meivelines y lipstis, se venían a quedar en la dichosa porquería que sepultaba en una alcancía hambrienta.

Gurdelia no era hermosa. Una murallita de dientes le combinaba con los ojos saltones y asustados que tenía, ¡menos mal!, en el sitio en que todos tenemos los ojos. Su nariguda nariz era suma de muchas narices que podían ser suyas o prestadas. Pero lo que redondeaba su encanto de negrita bullanguera era el buen par de metáforas -prince­sas cautivas de un sostén cuarenticinco que encaramaba en el antepecho y que le hacían un suculento antecedente. Por eso, a las siete, las mujeres decentes y cotidianas, oscurecían sus balcones y sólo quedaba, como anuncio luminoso, el foco de la Gurdelia.

Gurdelia se recostaba del antepecho y esperaba. No era a las siete ni a las ocho que venían sino más tarde. Por eso aquel toc único en su persiana la asombró. El gato de la vecina, pensó. El gato maullero encargado de asustarla. Desde su llegada había empezado la cuestión. Mariposas negras prendidas con un alfiler, cruces de fósforos sobre el antepecho, el miau en staccato, hechizos, maldiciones y fufús, desde la noche de tormenta en que llegó al pueblo. Pero ella era valiente. Ni la asustaba eso, ni las sartas de insultos en la madrugada, ni las piedras en el techo. Así que cuando el toc se hizo de nuevo agarró la escoba, se echó un coño a la boca y abrió la puerta de sopetón. Y al abrir:

- Soy yo, doñita, soy yo que vengo a entrar. Míreme la mano apretá. Es un medio peso afisiao. Míreme el puño, doñita. Le pago éste ahora y después cada sábado le lavo el atrio al cura y medio y medio y medio hasta pagar los dos que dicen que vale.

La jeringonza terminó en la sala ante el asombro de la Grifitos, que no veía con buenos ojos que un muchachito se le metiera en la casa. No por ella, que no comía niños, sino por los vecinos. Un muchachito allí afilaba las piedras y alimentaba las lenguas. Luego un un muchachito bien chito, ni siquiera tirando a mocetón, un muchachito con gorra azul llamado...

- ¿Cómo te llamas?
- Cuco.

Un muchachito llamado Cuco, que se quitó la gorra azul y se dejó al aire el cholo pelón.

- ¿Qué hace aquí?
- Vine con este medio peso, doñita.
- Yo no vendo dulce.
- Yo no quiero dulce, doñita.
- Pues yo no tengo ná.
- Ay sí, doñita. Dicen los que han venío que... Co­sa que yo no voy a decir pero dicen cosas tan devinas que yo he mancao este medio peso porque tengo gana del amor que dicen que usté vende.

- ¿Quién dice?

Gurdelia puso cara de vecina y se llevó las manos a la cintura como cualquier señora honrada que pregunta lo que le gusta a su capricho.

- Yo oí que mi pai se lo decía a un compai, doñita. Que era devino. Que el venía de cuando en ves porque era devino, bien devino, tan devino que él pensaba golver.
- ¿Y qué era lo devino?
- Yo no sé pero devino, doñita.
Gurdelia Grifitos, lengüetera, bembetera, solariega, güíchara registrada, lavá y tendía en tó el pueblo, bocona y puntillosa, como que no encontraba por dónde agarrar el muerto. Abría los ojos, los cerraba, se daba tris-tras en las metáforas pero sólo lograba decir: ay Virgen, ay Vir­gen. Gurdelia Grifitos, loba vieja en los menesteres de ven­der amor, como que no encontraba por dónde desenredar el enredo, porque era la primera vez en su perra vida que se veía requerida por un... por un... ¡Dios Santo! Era desen­vuelta, cosa que en su caso venía como anillo, argumento­sa, pico de oro, en fin, ¡águila!. Pero de pronto el mucha­chito Cuco la había callado. Precisamente por ser el mu­chachito Cuco. ¡Precisamente por ser el muchachito! En todos sus afanados años se había enredado con viejos solte­ros, viejos casados, viejos viudos, solteros sin obligación o maridos cornudos o maridos corneando. Pero, un mo­cosillo, ¡Santa Cachucha!, que olía a trompo y chiringa. Un mocosillo que podía ser, claro que sí, su hijo. Esto último la mareó un poco. El vientre le dio un sacudón y las pala­bras le salieron.

- Usté e un niño. Eso son mala costumbre.
- Aquí viene to el mundo. Mi pai dijo...

Ahora no le quedaban razones. Los dientes, a Gurdelia, se le salían en fila, luego, en un desplazamiento de reta­guardia volvían a acomodarse, tal la rabia que tenía.

- Usté e un niño.
- Yo soy un hombre.
- ¿Cuánto año tiene?
- Dié pa once.
- Mire nenine. Voy a llamar a su pai.

Pero Cuco puso la boca apucherada, como para llo­rar hasta mañana y entre puchero y gemido decía -que soy un hombre-. Gurdelia, el tris-tras por las metáforas, harta ya de la histeria y de la historia le dijo que estaba bien, que le daría del amor. Bien por dentro empezó a dibujar una idea.

- Venga acá... a mi falda.

Cuco estrenó una sonrisa de demonio junior.

- Cierre lo ojito.
- Pai decía que en la cama, doñita.
- La cama viene despué.

Cuco, tembloroso, fue a acurrucarse por la falda de la Gurdelia. Esta se estaba quieta pero el vientre volvió a dar­le otro salto magnífico. Cuando Gurdelia sintió la canción reventándole por la garganta, Cuco dijo -oiga, oiga-. Pero el sillón que se mecía y la luz que era meridiana y el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche empezaron a remolcar­lo hasta la zona rotunda del sueño. Gurdelia lo cambió a la cama y allí lo dejó un buen rato. Al despertar, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loco, Cuco preguntó bajito

- ¿Ya, doñita?

Ella, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loca, le contestó, mas bajito aún.

- Ya, Cuco.

Cuco salió corriendo diciendo -devino, devino-. Gurdelia, al verlo ir, sintió el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche levantándole una parcela de la barriga. Esa noche apagó temprano. Y un viejo borracho se cansó de tocar.

Luis Rafael Sánchez:

Biografía de Luis Rafael Sánchez:

Luis Rafael Sánchez nació en Humacao en 17 de noviembre de 1936. Dramaturgo, cuentista y novelista portorriqueño. En 1948 su familia se muda a San Juan y recibe educación primaria y secundaria en colegios públicos. Interesado en las artes dramáticas, comienza su carrera artística como actor mientras estudia, trabaja en la radio, y se convierte en dramaturgo después de su graduación.
Ha sido profesor en distintas universidades de los Estados Unidos y beneficiario de la beca Guggenheim, que le ha permitido hacer viajes de investigación por el mundo. Escribe en revistas y periódicos, crítica de arte y literatura, crítica social, e impresiones. Su estilo se identifica con lo barroco y lo carnavalesco, y su lenguaje es una ruptura con las normas de lo aceptado en la literatura. Crítica las normas sociales, según el género, la raza y el estatus socio-económico y político.
Es autor entre otras obras de las novelas La guaracha del Macho Camacho (1976) y La importancia de llamarse Daniel Santos (1989), de las obras teatrales Los ángeles se han fatigado (1960), Farsa del amor compradito (1960), La espera (1960), La hiel nuestra de cada día (1962), La pasión según Antígona Pérez (1968) y Quíntuples (1985), y del libro de cuentos En cuerpo de camisa (1966).